Ayné


Sonrisas y lágrimas. Así fue mi día.


Tenía esta foto guardada, y me daba miedo no poder usarla "el días después". Y me equivoqué porque ayer... ayer, fue un día perfecto. Lleno de lágrimas al más puro estilo Ayné. Algunas fueron de pena, pero gracias a vosotros les ganaron el pulso las de la alegría, el cariño, la emoción...


Sólo quería deciros:


Gracias a los que habéis estado siempre. Gracias a los que os fuisteis y habéis vuelto para quedaros. Gracias a los que estáis lejos pero que incondicionalmente cada 21 de noviembre volvéis a mi vida para desearme lo mejor. Gracias por los besos. Gracias por los abrazos. Gracias por llorar conmigo. Gracias por los regalos. Gracias por los mensajes. Gracias por las flores. Gracias por las notas en el buzón. Gracias por vuestra compañía. Gracias por las sorpresas. Gracias por los globos. Gracias por las notas. Gracias por las tarjetas. Gracias por el desayuno. Gracias por la cena. Gracias por el no-San Francisco. Gracias por el Muffin. Gracias por decirme que soy quien aporta luz en tu vida. Gracias por quererme como el primer día. 


Gracias por haber hecho que por un día, mi vida volviera a ser de color de rosa. Mi color. 
Nunca podré agradecer todo el calor que me habéis dado.


You Know I love you
xo xo



Ayné


Ayer  pensé en ti. Hoy pienso en ti. Mañana, seguiré pensando en ti. 
Cada vez que miro al cielo y veo una estrella, sé que estás ahí. Mirándome.
Eres el recuerdo más nítido de mi infancia, de mi adolescencia y de mis primeros días como mujer madura. Después, sólo una estrella, la luz en la noche oscura. Mi luz.


Te recuerdo con tu chaquetón de felpa verde y tu txapela. Tenía un escudo del Athletic grabado en el forro interior que siempre enseñabas orgulloso. Aficionado hasta la muerte del equipo de tu corazón. Aún te recuerdo dormido, con el escudo  en la solapa de tu chaqueta.  Estabas tan guapo…


Recuerdo lo mucho que te gustaba la cebolla, como a mí ahora. Siempre picabas de la ensalada que mi amama preparaba para mi aita antes de que bajaras a comer a tu casa. Sólo un par de pinchadas, porque si quitabas el hambre la abuela te reñiría.


Recuerdo tus frases: “hija, no hagas reñir a la amama” y  “voy a tener que llamar a la grúa para que me levanten de aquí”.
Añoro tus historias de la guerra, y de los 14 años que pasaste en la mili. Tus historias del internado y los 13 hermanos que tuviste.
Recuerdo lo mucho que te gustaba leer libros que a mí me parecían gordísimos y que después intercambiabas con mi ama.
Recuerdo los folios que nos traías de la imprenta en la que trabajabas. Yo pensaba que sólo podías conseguirlos tú. Racioné bien el último paquete por si no volvía a tener folios blancos nunca más.


Recuerdo como jugábamos al dominó los mediodías de los miércoles y los viernes. Primero en el suelo.  Tumbados. Cuando tuvimos que empezar a llamar a la grúa de verdad,  lo hacíamos en la mesa del comedor. Para aquél entonces mi hermana también jugaba, y siempre nos ganaba. Hacías que te picabas  y repetías: “esta niña sabe latín”.
Recuerdo que nunca aprendiste a pronunciar su nombre, y que te quejabas de que era muy complicado.
Recuerdo que me regalaste un dominó de frutas. Era de madera. Recuerdo el sonido de las fichas sobre la mesa.


Recuerdo que escondías caramelos de menta en el primer cajón de mi escritorio y me lo chivabas al oído cuando te marchabas a tu casa.
Recuerdo que corrías tras de mí para que no pasara los semáforos en rojo.
Recuerdo que me querías más que nadie en este mundo.


Recuerdo que olvidaste, que  sólo recordabas tu vida pasada, tu juventud, la guerra, tus hermanos…
Recuerdo la silla de ruedas al final de la cocina. Recuerdo tus ojos llorosos, tu mirada perdida. 
Recuerdo tu sonrisa cuando volvías a conocerme. 
Recuerdo que sabía que te quería más que a nada en este mundo.


Recuerdo cuando te acaricié la cabeza y me sentí incómoda porque ya no eras tú quien me la acariciaba a mí. Recuerdo pasear tu silla por el Puerto Deportivo una tarde preciosa. Recuerdo que llevaba un discman y que escuchaba Think Twice de Celine Dion.
Recuerdo dos años de dolor.
Recuerdo el txistu y el Agur Jaunak*.


Hoy hace ocho años que me diste el mejor regalo de cumpleaños que tendré en mi vida. Sólo que yo no lo sabía. El destino, de quien tanto me quejo, me dio la oportunidad de despedirme de ti sin que yo lo supiera.
Una hora libre entre clases en la uni. Una escapada fugaz para visitarte el día de mi cumpleaños. 
Recuerdo la expresión de tu cara al verme por sorpresa entrar en tu cocina. 
Recuerdo que dijiste mi nombre por última vez y que me diste un beso. El último.
Mañana hará ocho años que me dejaste, y yo, sin saberlo, el día de mi 18 cumpleaños recibí el mejor regalo del mundo. Un beso de despedida.


Hasta siempre, abuelo.




* Agur Jaunak es una canción típica vasca. Significa "Os saludamos señores" y se canta o se toca con el txistu (instrumento típico vasco), para rendir homenaje solemne, tanto en una recepción como en una despedida. Suele cantarse/tocarse en funerales, para despedir al difunto y darle la bienvenida a su "nueva vida".

Ayné


Volvió a pasar. 


Fui a verla. Me dijo que si yo quería estaría a mi lado y que intentaría ayudarme a encontrar el camino. "Es un caso bonito" - me dijo.


Es cuestión de afrontar duelos, aprender a captar mensajes, picos de una vida lineal que se ha convertido en una montaña rusa.


Tengo que soplar muy fuerte. 


Ahora soy el lobo feroz, y tengo que derribar la casita de los tres cerditos. No la de paja, ni la de arcilla... la de cemento. 


Comienza el entrenamiento.
Ocho globos de colores me esperan sobre el escritorio. Elijo el rosa, porque hace juego con mi jersey y empiezo a inflarlo. Cosas del destino, será que hoy celebro mi no-cumpleaños afrontando la misión más importante de mi vida...


...encontrarme.


No sé dónde buscar, ni si quiera sé si soplar fuerte funciona. Sólo sé que no quiero comerme a los cerditos, ni tampoco asustarlos. Sólo quiero descubrir que soy fuerte y que con un soplido soy capaz de derrumbar lo que me proponga.



Ayné


Estas dos semanas he batido el récord en número de veces que se comprueba las notificaciones del móvil por minuto. Luz amarilla o rosa, un correo o un SMS, la verdad es que me da igual. Sólo quiero ver esa pequeña señal luminosa en mi móvil. La luz  que me confirme que esta vez no me he equivocado, que no ha sido otro esfuerzo en balde, que ha servido para algo. 


Cinco minutos de su tiempo no es tanto para dedicarlos a una persona importante en su vida... ¿Pero lo soy?  No, ya no. ¿Pero lo era? Puede que tampoco.


A estas alturas me da igual qué excusa oír, puede que hasta esté dispuesta a creer imposibles. Que más da lo que se diga dos semanas o dos meses después. Ha vuelto a ganarme la batalla. ¿Pero quién ha sido esta vez? ¿la indiferencia? ¿la dejadez? ¿la vergüenza?


Sólo quiero una respuesta que esta vez haya una respuesta. Olvidar la agonía, los sobresaltos cada vez que la luz se enciende. La decepción al descubrir que esta vez tampoco es el destello que esperaba. 


Sigo tropezando con la misma maldita piedra, una y otra vez. Haciendo lo políticamente correcto, lo que se supone que se espera de mí. ¿Pero quién lo espera? La señora de la bata blanca dice que los demás esperan mucho menos de nosotros de lo que en realidad pensamos. Es lo único que me dijo, pero tiene razón. 


¿Esperaba algo de mí? Desde luego que no. Tampoco se lo merece. 
Era yo quien lo esperaba. Soy yo quien sigue esperando, porque como bien dice este blog, por definición soy ingenua.