Ayné


Sí señores, así es la vida. Una pasa de sentirse en un cuento de hadas a reencarnarse en Bridget Jones, en menos que canta un gallo.

Quizá mi problema es que en realidad nunca me sentí una Cenicienta.

De pequeña quería ser mayor y soñaba (como todos, supongo) en quién me convertiría cuando lo fuera. Pasé por todas las fases posibles, decía que quería ser médico, abogada… ¡quién me iba a decir a mí que acabaría siendo ingeniero!


Durante el bachillerato, mi obsesión era ir a la universidad. Cuando llegué a ella, en cambio, suplicaba que terminara la pesadilla de los apuntes interminables, la estadística, el análisis matemático, los proyectos casi imposibles... Soñaba con ser independiente, tener un trabajo que me diera un poquito más de autonomía y de tiempo libre. Ahora que lo tengo, quiero volver atrás.

A veces me gustaría volver a tener cinco años, y que pensar en quién “se la queda” al jugar a la cuerda sea el mayor de mis problemas. Otras veces, en cambio, me gustaría volver a tener 18. La época en la que yo era una Cenicienta sin saberlo.

Sí, creo que definitivamente, si pudiera viajar en el tiempo, me quedaría para siempre en mi cuento de hadas particular.

Pero no hay vuelta atrás. No, no y no. Aún no han inventado la máquina del tiempo (una lástima) y ya no soy Cinderella girl, soy Bridget Jones. “Perdida en mi habitación, sin saber qué hacer” con mis zapatos de tacón de aguja esparcidos por mi cuarto. Ese que antes era mi castillo encantado.



Ayné


Joaquín Sabina hablaba de Madrid, y decía que allí, "el sol es una bombona de butano". Creo que esto es perfectamente aplicable a mi querido Bilbao, más que nada, porque aquí siempre llueve, y tenemos invierno 330 días al año.
Cada uno, en nuestro apartamento/casa, vivimos y desvivimos nuestras historias particulares, y las bombonas de butano son testigos de todo lo que hacemos.

Nuestros secretos, que tan bien saben guardar, los compartimos con ellas y todos esos objetos que nos observan en silencio.
Las paredes nos escuchan, y como son de papel, muchas veces, sin quererlo, nuestros vecinos también.

Esta noche sin ir más lejos, me está tocando aguantar el escándalo que está montando la bruja de mi vecina (sólo le falta la escoba): la solterona del nueve.

1:30 de la madrugada: su voz irritante y la de sus nuevos amigos sigue retumbando en mis tímpanos. Cada día estoy más segura de odiarla, y sin embargo aquí estoy, dedicándole un pequeño espacio en mi blog. ¿Será que soy una Santa?

Acabo de oírla reír como una loca. Definitivamente no puedo con ella. Se parece a la bruja de Blancanieves. La próxima vez que baje con ella en el ascensor, me la imaginaré con una manzana roja envenenada y una verruga en la nariz (aunque ahora que lo pienso, es posible que ya la tenga).
Queridos amigos, bienvenidos a "Fauna, Flora y Primavera": la 'crème de la crème' de la población bilbaína que reside en mi portal...

Cierto es. Acabo de perder el apelativo de "Santa" para convertirme en cruel. Remediémoslo, al final la pobre solterona no es la bruja más malvada del cuento de mi comunidad. Los hay mucho peores, sí. Es sólo que, por suerte o por desgracia, al igual que la bombona de butano, y a través de las páginas que separan nuestros cuentos (nuestras paredes de papel), yo, reencarnada en el espejito mágico, conozco sus más íntimos secretos.

Ayné


Es una sensación curiosa.

De repente me siento mayor, muy mayor. He pasado de ser una joven universitaria, con una carpeta dentro del bolso, unos libros en la mano y unos vaqueros, a ser una “señora” (como algunos niños osan dirigirse a mí).

La verdad, ahora que lo pienso, de mi época universitaria hace ya mucho tiempo.

Siento como si antes de llegar a ser una flor, me hubiera marchitado. Aunque, bueno, en realidad “sólo” tengo 25 años.

Empiezo a descubrir mis primeras arrugas. Sí, sí, arrugas… ¡HORRROR! Casi no salgo de casa, y cuando lo hago me siento como si estuviera en blanco y negro dentro de una película a todo color.


El otro día volvió a pasarme. Al mediodía, cuando salía del trabajo para ir a comer. Bilbao estaba reluciente. Todo a mi alrededor resplandecía en rojo y blanco, y sin embargo, ahí estaba yo, con mis pantalones negros de vestir, la chaqueta negra y una camisa cualquiera. Como si alguien me estirara de la coleta hacia arriba, deambulando, tiesa, seria, corriendo, como siempre, para no llegar tarde a la oficina…

Cada persona con la que me cruzaba, hacía que me saliera una sonrisa, triste, cierto es, pero sonrisa al fin y al cabo. ¡Qué bonito es el mundo a color!

Me paro a mirar esas niñas que conocía, que a lo mejor, ya no lo son tanto. Ya no quieren ser princesas, ya no sueñan con castillos y vestidos pomposos. Ahora son mujeres hechas y derechas que van en busca de su príncipe, y que me hacen sentirme muy mayor.

Me cruzo con ellas por la calle y me recuerdan a cuando yo era así. Cuando pasaba horas y horas delante de un espejo. Lo mucho que me gustaba probarme “modelitos” (uno detrás de otro, para elegir el mejor de todos, eso sí, e ir monísima allá donde tocara).

Ritual de sábado: sesión de belleza (tooooooda la tarde) para salir unas horitas por la noche.

¿Y ahora qué? Ahora a las doce en casa. Mi carruaje se ha convertido en una calabaza. Quizá se pasó la época de jugar a ser Cenicienta.


Ayné

La palabra ilusión según la RAE tiene las siguientes acepciones:


- Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.
- Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.
- Viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea, etc.

Para mí, la ilusión es mucho más que eso. La ilusión es un mecanismo de defensa que cada uno de nosotros tenemos y nos permite mantenernos al margen de los problemas que nos preocupan a diario. Nos ilusionamos con pequeñas cosas, insignificantes muchas veces, que nos empujan a seguir adelante, que nos ayudan a sentirnos un poquito más vivos.

Un vestido nuevo, vaporoso, de flores azules y rojas, que con un poco de imaginación, es un vestido con un toque ibicenco... Me imagino con un sombrero de paja, unas gafas de sol y un aire cálido en mi piel. Y de repente, me siento un poquito mejor. Un poco más viva.


Me enfundo en mi disfraz de ilusión y me siento con fuerza para afrontar mi nuevo día. Me convenzo de que no va a ser tan monótono como el resto, porque hoy llevo mi vestido primaveral, ese que me hace sentir tan bien.

Los que me conocen bien saben lo que es "el aspecto reluciente". Esa ilusión creada no hace tanto. Esa máscara que me pongo todos los días.

¡Dientes, dientes! dicen muchos. Supongo, que como todo en esta vida, es cuestión de actitud. Así que como hay que predicar con el ejemplo, empezaré por mí misma, aunque me tenga que poner "maquillaje hasta en el corazón".